Una de las ideas surgió repitiendo aquella película ¿What’s eating Gilbert Grape? En la cual había una señora tan gorda pero tan gorda que al final, cuando ella muere, deben quemar la casa con todo y señora adentro. ¿En que momento de la vida nos convertimos en monstruos? O es que… ¿tenemos la posibilidad de nacer siendo monstruos?
Personalmente si, nací con cuatro tetillas, no con cuatro pezones como Krusty el payaso sino con cuatro tetillas bien separadas, dos de las cuales se fueron reduciendo hasta quedar convertidas en unos lunares minúsculos pero replicas exactas a escala de lo que una vez había sido.
… la noche se dibujaba sin igual; había esperado que ese chico me invitara a salir desde una semana atrás. Le insistí en que saliéramos ese viernes y muy a la fuerza él aceptó, eso si, con la condición que saldríamos con dos de sus amigos; uno era el chico que atendía la cafetería donde yo estudiaba, el otro era Jhon.
Fuimos a una disco de moda, hoy desaparecida y todo el ambiente se notaba de lo mas normal, salvo la observación de que yo sería tratado “como un amigo más, dado que los otros chicos eran sus compañeros de trabajo”. Mis alarmas no se dispararon, mis instintos aun estaban dormidos bajo mis dieciocho años de edad y mi primera salida en pareja. La noche estaba bastante aburrida, la música bastante repetitiva y las miradas lascivas a las cuales no estaba acostumbrado no me resultaban muy cómodas y quise ir al baño; debí hacerlo solo y sin mayores problemas ingresé en el húmedo lugar, maloliente y atestado de chicos ocultando bajo polvo compacto el sudor de una noche de fiesta. Al salir fue difícil recordar el camino a mi mesa, de hecho, hubiera sido una fortuna nunca encontrar el camino de regreso; mi chico y Jhon se estaban besando de una manera tan apasionada, tan entregada y tan ensimismada, que no notaron mi presencia, donde el cerebro procesaba a velocidades vertiginosas una cantidad de información que no coincidía con el paraíso de flores y amores que había tratado de crear para mi mismo.
Dicen que todos tenemos una serie de traumas que nos hacen ser quienes somos y que el primer trauma que adquirimos es el de la respiración, cuando el cerebro recibe ese golpe de vida y sigue repitiendo la acción de respirar una y otra vez.
Hay estaba yo. Presenciando mi primer trauma sentimental, mi primer golpe de vida, de verdadera vida, aprendiendo del primer error, con la primera persona, esa que parece irremplazable y que más allá de tu primera vez, crees que podrías entregarle hasta el alma.
No dije nada. Ese día adquirí la manía de callar, sin pedir explicaciones y quedándome con las definiciones que mi imaginación pudiera darle al asunto. Ellos llevaban más tiempo juntos del que yo llevaba en el mundo romántico. Yo era simplemente un experimento, una idea de búsqueda ajena para comprobar la solidez de su relación. Obviamente no me podía quedar ahí, obviamente tenía que huir, los monstruos tienden a perseguirte, pero sabía que en mi caso ellos ya querían deshacerse de mí. Nunca los volví a ver, nunca pretendí entenderlos aunque tampoco odiarlos; era mi primer trauma y debía quedarme con él, comprendiendo que la vida apenas empezaba, que el corazón apenas estaba conociendo el primero de los muchos monstruos que el camino me pondría al paso y del cual, hoy, a muchos veranos de distancia, ya no recuerdo el rostro.





