Siendo el Coronel el personaje con mayor empuje en el libro, Cien Años de Soledad (Libro que he leido ya cinco veces y que lo llevaré conmigo por siempre) está plagado de heroínas silenciosas al igual que la vida cotidiana… el poder de la Vagina como dirían los fabulosos monólogos aquellos. Úrsula, Amaranta y Fernanda orquestan los demás personajes a su antojo y tienen una fuerza protagónica colosales… Remedios, Petra y Santa Sofia de la piedad, fantasmas genuinos que recorrían las paginas con magistral entusiasmo para ocultarse y brotar de nuevo muchos capítulos después…
Pero hay un personaje en particular que siempre he amado en silencio… Si señoras y señores, también yo fui uno de esos hombres que sucumbí ante el influjo demoniaco de la seducción perfecta que llevaba entre la piel y la sangre Remedios, La Bella.
Remedios no era hermosa, ni bonita, ni siquiera era bella… era La Bella, cualidad que destacaba en una mujer de simpleza absoluta quien no dudó en una ocasión de rapar su cabellera para hacerle pelucas a los santos, logrando que la perfección de su cabeza resultara aun más seductora.
Pero Remedios, La Bella, por no ser de este mundo y por no tener ataduras, simplemente algún día supo como volar… abandonó sus interminables baños y los asedios masculinos por las alturas donde no tenía que seguir con aquellas locuras de Úrsula, quien alguna vez se empeñó en que asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón. Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe, renunció a toda esperanza.
Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa.
Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa. -¿Te sientes mal? -le preguntó. Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima. -Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor. Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.
Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
