Cuando él me dio la primera trompada, yo ya sabía que había perdido la pelea. John Jairo no solo era el más grande y fuerte del salón, sino que además era amigo exclusivamente de los niños de quinto, lo cual en una primaria era tener a como Dios en un frasquito.
Unas horas antes, cuando estaba en la fila de la tienda con mi almuerzo en la mano, John Jairo al coger un balón me hizo tirarlo todo por el suelo. Confieso que no fue temeridad de mi parte ni un acto de valentía pero instintivamente de mi boca, con toda la gana, salió un “¡Marica!” que no debía combinar mucho con mi siguiente cara de terror. ¡¿Cómo había podido ser tan idiota de decirle marica a John Jairo?! El se vino como una fiera, las niñas se corrieron y los niños me empujaron un poco como tratando de alejar a un leproso de su lado. Cuando John Jairo me cogió de la camisa, la providencia se encargó de poner a la profesora Cristina a mi lado quien le ordenó “que me soltara y dejáramos de jugar tan fuerte”.
Él me miró a los ojos y zarandeándome me dijo “a la salida nos vemos, tocino”.
Para ese entonces, este tocino ya estaba frito.
Los niños me miraban con una piedad genuina, las niñas por poco y lloran conmigo. Solo sé que caminé como un zombie de regreso al salón y unas enormes ganas de orinar perpetuas se apoderaron de mí.
“A la salida nos vemos, tocino” me había dicho, de manera matonesca el cruel John Jairo, a quien nunca nadie había ganado la pelea y no iba a ser controlado por mí, quien a duras penas lograba controlar mi vejiga. Yo quería llorar, llamar a mi Mamá a su celular y decirle que fuera a esperarme a la salida del colegio; mala suerte la mía que los celulares aun no habían sido inventados y muy seguramente mi Mamá, como es su costumbre actual, no me habría respondido en ese fatal momento.
Mis ideas eran un carnaval de cosas imposibles, desde hacerme el desmayado (aunque al paso que iba ese era mi destino, por el miedo, o los golpes de ese niño), contarle a la profesora, volarme antes de clase, arrodillármele a John implorando su piedad… nunca antes estuve mas arrepentido de no obedecer a mi abuelo, cuando me aconsejaba cargar siempre conmigo un cuchillo “porque los enemigos no solo son los del alma”
El reloj corría de manera vertiginosa y para cuando el timbre sonó, mi vejiga pensó que era una orden de salida del dorado líquido. Creo que unas gotitas sí se escaparon.
Salimos. Todos conmigo, empujándome sin tocarme y mirándome como si estuvieran mirando a Santiago Nasar, como si cargara la lápida en mi espalda ¡Y muy bonita no era!
Antes de que yo pudiera correr, el cual fue mi único realista y a todas luces inútil plan, John Jairo me dio la primera trompada con la cual ya me sabía derrotado; me cogió de la camisa para no dejarme caer y con la otra mano me cogía del pelo diciéndome “¿Quien es el marica? ¿Ah? ¿Quién es el marica?”
Si él hubiese esperado una respuesta, con mucho gusto yo habría dicho que yo, que mi Papá, que el profesor… o el marica que él prefiriera, pero eso era una rumba de golpes que no daban tregua alguna, hasta que se arrancaron los botones de mi camisa y yo caí redondo (literalmente) en el piso. No fue valentía, lo confieso, sino instinto primitivo de conservación el que, al sentir el ladrillo en mi mano, se lo lanzó con toda mi porcina fuerza a ese verdugo que ya venía a rematarme. John cayó inmediatamente sobre el andén, tan fantásticamente desmadejado, que si no fuese por mi mala suerte conocida, yo lo habría dado por muerto. Obviamente me fui corriendo antes que se levantara, mientras todos lo miraban con el asombro de estar viendo lo imposible.
Al día siguiente ambos estábamos frente al padre rector, yo con la boca como un florero y él con un chichón que parecía el trasero de un macaco. Fuertes amenazas nos amarraron a la buena conducta y ahora todos hablaban por lo bajo de mi valentía y mi valor.
Ayer, más de quince años después, John Jairo me agregó al facebook; me envió una invitación que decía algo como “Hola, no sé si te acuerdas pero estudiábamos juntos en la primaria… alguna vez me pegaste con un ladrillo”. Yo acepté su invitación y respondí su mensaje con un “Creo que si te recuerdo…creo que si.”

