Si tenía la desgracia de que la cobija cayera al piso, mi destino final sería encaracolarme para soportar el frío de la noche valientemente acobardado de estirar la mano debajo de la cama.
Si, soy un miedoso compulsivo. Las camas por debajo eran el terror de mi infancia; ¿sabe usted mi querido(a) lector(a) cuantos engendros del averno tienen por habitad la planta baja de su cama? No he realizado estudios al respectos, pero deben ser muchos, centenares, cada uno más malévolo que el anterior. Después, gracias a la película de It (La Cosa) los payasos fueron el objeto de mis desvelos, pero no era gratuito, sus voces chillonas, sus narices rojas, sus pelucas horribles, todo en ellos era una mascara para ocultar a un hombre quizás más horrible que el mismo payaso.
Los tiempos cambian y tus miedos evolucionan… bueno, quizás los miedos de las personas normales evolucionan y tienden a desaparecer. Mis miedos se suman a los miedos nuevos y se fortalecen por así decirlo. Le tengo miedo a los árboles de noche (aunque con una buena compañía es soportable), le temo a esos muñecos que son de tamaño elevado y que contienen a un cristiano por dentro para promocionar un almacén o animar una fiesta.
Si, señoras y señores, soy una gallina completa, me asustan los enanos (sin ofender a los “dulces” amigos de Blancanieves), me da miedo la llorona y los duendes que, dicen, habitan el patio de la casa de los abuelos.
Pero mi fobia, el mayor de todos mis miedos, ese que es incontenible y que te hace olvidar del tiempo y del espacio: las ratas. Tan solo hablar de ellas me descompone, de hecho, hace mucho tiempo que ese animal se suprimió de las conversaciones en casa de Mamá (incluso los niños lo saben)… cuando uno de esos endemoniados roedores hace su aparición en escena me cubre una sombra, me duele esa parte indescifrable donde mis miedos se juntan… me sudan las manos, siento que no puedo ni siquiera gritar y que tengo el tiempo preciso para firmar mi testamento antes de que se me lance como la fiera que es. Esta sensación de pánico absoluto se hace extensiva a todos los miembros de la familia de la horrorosa rata (incluyendo sus primos bien vestidos: el conejo y la ardilla)
Todos estos miedos, ilustres ciudadanos de la blogósfera, vienen de fabrica, en la programación inicial de este fulano. Todos estos no se han podido erradicar ni con el tiempo ni con la mágica mano del psicólogo que evitó que clarita siguiera mojando la cama y que mi amigo Duván superara su perdida familiar. Aun así, hay muchas cosas que son de temor publico y que no me perturban, como la muerte, que en su calidad de inevitable (como la vida) no me quita el sueño. Tampoco le temo a las tormentas eléctricas y a los temblores, casos en los que mi calma desespera a Mamá.
También hay temores de mi propia autoría, esos que automáticamente he agregado a mi biblioteca para poder crear registros, como el temor a la mala ortografía (agradezco infinitamente cuando alguien me da a conocer alguna letra mal hubicada ;D ); le temo a sentir que mi lucha es por una causa perdida, no por la acción de luchar, sino por considerarme perdedor desde antes de finalizar el combate…
… pero, el mayor, más grande y más tenebroso de mis miedos es el miedo a las mentiras, a los buenos mentirosos, a esos que se creen sus propios inventos. Quien te miente es desleal, es mezquino y miserable; quien te miente es incapaz de sostener una verdad en sus manos, porque no encaja con todo lo que ha elaborado para si mismo. Quien te miente te ofrece una felicidad pasajera en un mundo de fantasías, justificando con esta felicidad la incapacidad orgánica para entregarte una verdad sin excusas. Quien te miente se abandona a su propia crapulencia, sin pensar por un momento en ti, protegiendo su propio trasero. Quien te miente se escudará en excusas prefabricadas, para refugiarse en la figura de la mentira piadosa, sin tener en cuenta que una verdad a medias siempre resulta ser la más cruel de las mentiras.